jueves, 2 de febrero de 2012

Morir de parto en el primer mundo

Caroline Lovell
Hay noticias tan absurdas que asustan. La australiana Caroline Lovell, defensora del parto en el hogar, murió al dar a luz a su segunda hija en su casa, aparentemente tras sufrir un paro cardíaco. La niña sobrevivió. El hecho ocurrió en Melbourne el 23 de enero, cuando Caroline, de 36 años, dio a luz a su bebé. Caroline, conocía perfectamente los riesgos de un parto casero y de hecho había enviado una carta al Gobierno de su país en la decía que "la vida ( de las mujeres que dieran a luz en estas condiciones) estará en peligro sin la ayuda de matronas adecuadas por parte del Estado". A pesar de ello eligió esta opción y murió. ¿Una heroína? Yo creo que no. 
 La cruda realidad es que más de un millón de madres y recién nacidos mueren cada año por complicaciones en el parto fácilmente prevenibles, dada la escasez crónica de matronas en el mundo en vías de desarrollo, según un informe de Save the Children. Estas mujeres no pueden elegir dónde, cuándo, ni cómo dar a luz. En los países menos desarrollados del mundo, más de la mitad de las mujeres dan a luz sin ninguna preparación y unos dos millones de parturientas pasan uno de los días más angustiantes de su vida totalmente solas. Unas 1.000 madres y 2.000 recién nacidos mueren cada día como resultado de esta realidad.
Caroline tenía razón: se necesitan matronas, pero no en el primer mundo. Se necesitan otros 350.000 profesionales preparados para salvar vidas en los países sudesarrollados, tal y como señala el informe 'Missing Midwives' ."No tiene que ser complicado: alguien que sepa cómo sacar a un bebé adecuadamente y le frote la espalda para ayudarlo a respirar puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte", asegura el presidente ejecutivo de Save the Children, Justin Forsyth. "Ninguna madre debería enfrentarse al parto sin ayuda", agrega.
Caroline perdió su vida en una batalla equivocada: ella tenía a su alcance toda la ayuda posible y la rechazó por algún prejuicio difícil de comprender. Las mujeres del tercer mundo ni si quieran reclaman este derecho: no saben ni que existe. Alcemos la voz por ellas y dejemos de enredarnos en romanticismo trasnochados.