martes, 13 de agosto de 2013

Trabajando con el enemigo



En las empresas todo el mundo está asustado. Por los pasillos corre más miedo que aire. Las jerarquías internas ya no son lo que eran, pero encontrar un buen jefe en estos tiempos de sálvese quien pueda es cada ve más complicado. Algunos de los ejecutivos responden a la presión a la que son sometidos por la mala situación económica fustigando a sus subordinados. Si su frase preferida es "ser jefe no es fácil", lo deja claro: no es de los buenos.
Fernando Marañón cuenta en su último libro: Defiéndete de tu jefe, cómo poner en práctica técnicas de autodefensa contra estos directivos que ejercen su autoridad sin tino y que pueden tener una importancia fundamental en nuestra carrera profesional e incluso llegar a fastidiarnos la vida privada, y hasta la salud.
Pero no todos todos los malos jefes son malos de la misma manera. Marañón esboza, entre anécdotas y pinceladas de humor, algunos de los perfiles más habituales que habitan las junglas empresariales y la mejor forma de convivir con ellos sin morir en el intento. Aquí están el psicópata, el narcisista, el autista y el histriónico. ¿Cuál nos ha tocado?
De todos los tipos que describe, el más peligroso, sin duda, es el psicópata. «No tiene emociones, es un ciego emocional. Se cree por encima del bien y del mal, presiona a muerte a todo el mundo, es mala persona y no quiere a nadie que no sea a él mismo. Se le permite cualquier cosa porque es muy bueno consiguiendo resultados, que es lo que quieren las empresas», explica. ¿Le resulta familiar? En casi todas las empresas hay uno. Aguantarlos no resulta fácil, ni cómodo, pero es necesario poner algunas tácticas sobre la mesa para sobrevivirles. Marañón nos recomienda ayudarle a conseguir sus objetivos profesionales, que nos vea como generadores de valor.«Yo tuve muy mala relación y enfrentamientos con algunos jefes y sobreviví porque les aportaba un valor que ellos necesitaban», explica. Luego hay otro camino, más sencillo para algunos, pero más esclavo. Convertirse en un pelota. «Es una técnica de supervivencia, pero te entregas de por vida y dejas de ser tú para que otro mande en tus designios», advierte.
El jefe tipo narcisista está centrado en él mismo, en su imagen, sus ideas, sus proyectos. Quiere una presencia continua de público. Hay que estar alerta porque el subordinado es su espectador preferido y deberá prestarle toda su atención. Roba las ideas a los miembros de su equipo y se las apropia. Necesita que le adulen y que le digan que todo lo hace bien.
El jefe de categoría autista no cree en el trabajo en equipo y no presta atención a las personas que trabajan con él, a los que ve como una carga que no le queda más remedio que tolerar. No quiere opiniones, ni aportaciones. No les habla, no les mira. Es muy poco innovador, no le gustan los cambios. La solución es darle siempre la razón y actuar según la tradición.
El histriónico valora sobre todo la relación social. Quiere figurar en el centro de todas las reuniones y estar al tanto de todos los cotilleos. No queda más remedio que reír sus ocurrencias y alabar sus trajes.
Una vez identificado el tipo de jefe que nos ha tocado torear hay que intentar convivir con él, no queda otra salida.
Marañón nos ofrece algunas pautas de defensa personal contra el jefe tirano. La primera es no competir con él: el comportamiento del jefe no tiene nada que ver con el empleado; él está librando su propia batalla, e interponerse en su camino sería toda una temeridad. La segunda, disfrutar de lo que se hace: concentrase en la profesión y las competencias propias. Trabajar con rigor y dentro de las reglas que son importantes para quien lidera. La tercera es no frustrarse: no hay que perder el ánimo cuando los esfuerzos pasan inadvertidos, los logros servirán para otros puestos. La cuarta estrategia es blindarse y confiar en las cualidades personales: afrontarlo como una fuente de entrenamiento en la que mejorará las habilidades sociales, aumentarán los conocimientos y la autoestima se verá reforzada en cada uno de los pequeños éxitos en esta difícil situación. Y sobre todo, no perder el sentido del humor.

Publicado en La Voz de Galicia